El Real Madrid continúa
instalado en la zona más alta de la tabla y con una vida jubilosa. En Eibar
volvió a ganar y lo volvió a hacer con una goleada. También es cierto que el
colegiado ‘echó’ una mano en el primer tanto madridista. Ayuda que no necesita
el equipo blanco ni lo merece un equipo tan modesto a la vez que apreciable
como es el Eibar. El equipo guipuzcoano fue la decimocuarta víctima que cae en
las garras de Ancelotti de forma consecutiva. El Real Madrid ha conseguido
apagar todos los incendios surgidos en lo que va de temporada. El más grave fue
el foco de la portería y ese debate ya parece muy lejano. El último se ha
apagado este fin de semana y el bombero ha vuelto a ser Isco. El malagueño se
reubicó y fue el encargado en hacer olvidar a Modric tras su lesión con Croacia
y lo solventó con nota. Se le vio menos en ataque, pero el equipo se sirvió de
su sacrificio y mantiene un ritmo de martillo pilón en la Liga.
Otro sabor tuvo la goleada
del Barcelona al Sevilla. El segundo triunfo azulgrana consecutivo, ante uno de
los equipos más en forma en el indicio liguero, quedó en un segundo plano por
Leo Messi. Primero porque el hat-trick del argentino dejó atrás el récord de
goles de Zarra y lo apuntaló con 253 tantos. Una hazaña brutal, que a la vez
ensalza al mítico delantero del Athletic de Bilbao de las décadas de los 40 y
50. Y segundo por el amargo sabor de boca que dejó lo que debería haber sido
una fiesta. Al término del partido se pudo ver a un Messi feliz, natural y en
buena sintonía con los suyos. Sobre el césped, el 10 argentino fue manteado,
mimado e incluso el actor principal de un pasillo que le brindaron sus
compañeros.
Pero con el paso de los
minutos la celebración se tornó en algo grotesco. Era algo parecido a la moda
de los ‘muertos paraos’ de Puerto Rico, aprovechar un velatorio para hacer una
fiesta (las declaraciones de Messi la semana pasada hablando sobre su futuro
olían a muerto). La directiva emitió mensajes de barcelonistas en los
videomarcadores y la grada se puso de uñas cuando le llegó el turno a Bartomeu
y Zubizarreta. El mensaje quedó claro: la afición no aprueba que el presidente
siga ocupando una silla que no se ganó en las elecciones y tampoco aprueba los
fichajes del director deportivo. Y para colmo, a las pocas horas se confirmó
una nueva lesión de Vermaelen, uno de las apuestas de Zubizarreta el pasado
verano que todavía no se ha vestido corto.
Volviendo a las revueltas
aguas de Barcelona, añadir que Leo Messi no quiso hacer declaraciones en ese
día histórico. Se escabulló del periodista a pie de campo como buen delantero
al término del pasillo y después no salió a zona mixta ni tampoco quiso hablar
para la televisión del club, un medio que jamás le habría realizado una
pregunta incómoda tras dejar abierto su futuro. Y después de todo, algo queda claro: las
victorias pueden tener dos caras.

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