(Cancha Alterna)- No es fácil jugar al fútbol sentado en una banca y menos para un equipo tan sensible como el Barcelona, pendiente de cada mueca de Messi desde que a sus veintisiete años puso en duda su continuidad de por vida en el Camp Nou. Al 10, sin embargo, le encanta la dinamita, resolver los partidos más envenenados, salir manteado de las citas exigentes, como la de ayer ante el Sevilla. A fin de cuentas, Messi es un niño que patalea cuando pierde y brinca cuando gana y marca goles, como anoche cuando metió tres y batió el récord de Zarra, ahora fijado en doscientos cincuenta y tres.
Los tantos del 10 certificaron un triunfo gestado a balón parado después de un partido monopolizado por el Barcelona. A veces no queda más remedio que recurrir a las suertes más convencionales y desacostumbradas para combatir males mayores, y ayer el fin justificaba los medios en el Camp Nou. La estrategia, inédita desde la visita del Apoel, redimió al colectivo, siempre bien orientado por Busquets. Asegurada la victoria, se impuso la exhibición de Messi, que no paró hasta firmar el 5-1, el dígito mágico del Barça, autor de un excelente final en el Camp Nou ante el aplauso del Sevilla.
No hay manera de que Unai Emery le gane un encuentro al Barcelona. Apenas hubo noticias del equipo andaluz, extraviado desde la alineación y también sorprendido después de la entrada en escena de Deulofeu.
Al equipo azulgrana le llevó un buen rato acabar las jugadas, quizá porque el equipo parecía empeñado en que marcara Messi. Había la sensación de que el Barcelona no volvería a ser el Barcelona hasta que igualara el récord de Zarra. Y el reto se alargaba de manera sorprendente, como si fuera una maldición, desde hacía ya tres jornadas. Hasta que llegó el Sevilla, uno de sus rivales preferidos, saco de quince tantos suyos en diesiceis partidos anteriores, dos menos de los endosados al Atlético. Ayer, en el minuto veinte, el argentino sumó su gol doscientos cincuenta y uno, récord de la Liga que compartía con el que fuera ariete del Athletic. El 1-0 fue el anuncio de la goleada y también de la marca del 10.
El argentino convirtió el barril de pólvora en una caja de fuegos artificiales:
Las sustituciones ofensivas del Sevilla resultaron una bendición para el Barcelona y especialmente para Messi, manteado por sus compañeros nada más marcar el 4-1, el que batía el récord goleador de la Liga, en una jugada armada por él mismo. Aceleró el argentino, abrió para Neymar y el centro del once lo atacó Messi sin que nada pudiera decir Luis Suárez, que sigue inédito como goleador, triunfador en cambio como asistente. Repitió Leo más tarde después de un apoyo en Neymar y el estadio se convirtió ya en un homenaje. Messi había convertido el barril de pólvora en una caja de fuegos de artificio para un aliviado Camp Nou.
A Neymar le dio por atarse las botas en pleno ataque barcelonista. Luis Suárez entró y salió como 7 o como 9, siempre al servicio del 10, y Messi pidió falta en las cuatro ocasiones que perdió el cuero hasta que metió el 1-0. Al equipo le sobraba agitación y le faltaba pausa, precisión y delicadeza, igual daba que el balón estuviera a pies de Leo que de Neymar o Jordi Alba, excelente en las aperturas por su banda y desafortunado en el cierre, protagonista de un gol en propia puerta tras un centro de Vitolo mal defendido por Mathieu y Bravo, y bien atacado por Denis Suárez
A pesar de no haber chutado, el Sevilla empataba en el Camp Nou: 1-1. Al rescate del Barça acudió de inmediato su nuevo goleador: Neymar cabeceó una falta que botaron a medias Xavi y Rakitic: 2-1.

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